Cynthia R. Arte don y pasión amor por la pintura acrílica Costa Rica Arte-don-y-pasion : Van Gogh según el diario de Paul Gauguin (Español)

miércoles, 20 de abril de 2016

Van Gogh según el diario de Paul Gauguin (Español)

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Espero que les haya gustado mi post anterior acerca de Gauguín el amigo de Van Gogh.





Recordemos que Van Gogh amaba a Gauguin y lo admiraba. A instancias de Theo Van Gogh vivieron un breve tiempo en la Casa Amarilla de Arlés en París donde pintaron juntos. Van Gogh soñaba con crear una comunidad de artistas asentados en Arlés y Gauguín sería uno de sus primeros compañeros que lo apoyarían con su idea. Sin embargo, por diferencias de caracter y debido al incidente de violencia que Van Gogh protanizó en contra de Gauguín, éste decidió irse lejos de Van Gogh por considerarlo una persona peligrosa e inestable. 

Fue precisamente Gauguín quién le escribió a  Theo Van Gogh explicándole lo acontecido. Posteriormente los recuerdos que Gauguin tenía acerca de su antiguo amigo Vincent Van Gogh quedarían escritos a mano en su diario NOA NOA de 1901 donde recopiló todas sus impresiones y las ilustró con algunos dibujos y acuarelas. 

NOA NOA - EL DIARIO DE PAUL GAUGUIN




Fue cuando Gauguín murió en 1903 que Segelen, médico del ejército y gran aficionado de la poesía es el primero en adquirir y leer uno de los dos ejemplares que existían. El otro ejemplar se encuentra en el Museo ode Louvre en París, Francia. 

A lo que quiero referirme específicamente hoy es a lo que Paul Gauguín escribió en su diario acerca de Van Gogh. Esto nos dará una idea más amplia sobre la personalidad de Vincent Van Gogh.


"Cuando llegué a Arlés, Vincent estaba tratando de encontrarse a sí mismo, mientras que yo, que era mucho más viejo, era un hombre maduro. Pero debo algo a Vincent, y es la conciencia de haberle sido útil, la confirmación de mis propias ideas originales acerca de la pintura. Y también, en momentos difíciles, el recuerdo que se guarda de otros más desgraciados que uno mismo. Sonrío cuando leo la observación de que "el dibujo de Gauguin recuerda en algo al de Van Gogh".



Y, a pesar de todo, es Degas el autor de esta ruina, sobre todo para Van Gogh.


Si tiene ocasión de hacerlo, examine la pintura de Van Gogh antes y después de mi estancia en Arles. Van Gogh, influido por las preocupaciones impresionistas, procedía siempre por grandes oposiciones de tonos sobre un complementario amarillo, sobre el violeta, etc.; en cambio después, según mis consejos y mi enseñanza, procedió de manera completamente distinta. 


Pintó sólo amarillos sobre fondos amarillos, etc., aprendió la orquestación de un tono puro mediante todos los derivados de ese tono. Además, en el paisaje, todo aquel habitual cúmulo de objetos de naturaleza muerta, necesidad de otro tiempo, fue sustituido por grandes acordes de colores compactos que recuerdan la armonía total: en consecuencia, interés secundario por la parte literaria o, si se quiere, explicativa.



Su dibujo, por consiguiente, se modifica, necesariamente: desde luego, se trata de una cuestión de oficio, pero de oficio necesario.

Y puesto que todo ello, requería de su parte indagaciones de acuerdo con su inteligencia y su temperamento fogoso, su personalidad y originalidad no hicieron más que beneficiarse.


Todo esto quede entre nosotros, lo que quiere decir que no deseo quitar nada a Van Gogh, aunque me reserve mi pequeñísima parte; e indicar, también, que el crítico tiene todo por ver y que debe comprender que puede equivocarse, aun procediendo de buena fe.

Si con Van Gogh, una naturaleza noble, he tenido de qué alabarme –yo, el artista de los labios sellados-, no puedo decir lo mismo con respecto a muchos de Bretaña, y sobre todos el joven Bernard.

Arles, diciembre de 1888

«En Arles me encuentro fuera de lugar; todo me parece pequeño y mezquino, tanto el paisaje como la gente. Vincent y yo en general no estamos de acuerdo en casi nada, sobre todo en pintura. Él admira a Daumier, Daubigny, Ziem y al gran Théodore Rousseau, gentes a las que yo no consigo sentir. Y en cambio detesta a Ingres, Rafael, Degas, a todos los cuales yo admiro; yo le contesto “Mi general, tiene usted razón”, para que no haya problemas. Le gustan mucho mis cuadros, pero mientras estoy pintando siempre le parece que estoy haciendo mal esto o aquello. Él es romántico y yo me siento más bien inclinado a un estado primitivo.



Me espera usted con los brazos abiertos. Se lo agradezco, pero, por desgracia, todavía no me voy. Mi situación aquí es lamentable, pero les debo mucho a Theo van Gogh y a Vincent y, a pesar de alguna que otra discusión, no puedo estar resentido contra ese corazón excelente que está enfermo, que sufre y que me necesita. Acuérdese de la vida de Edgar Poe que, a consecuencia de sus penas y de sus estados nerviosos, se volvió alcohólico. Algún día se lo explicaré todo a fondo. Sea como sea, me quedo, aunque la posibilidad de irme sigue en estado latente. Vincent me llama a veces “el hombre que vino de lejos y que se irá lejos”.

Vincent y yo no podemos en modo alguno convivir sin que surjan problemas debidos a una incompatibilidad de caracteres, y tanto él como yo necesitamos tranquilidad para trabajar». (Paul Gauguin a Theo Van Gogh, diciembre de 1888.

Hace ya tiempo que tengo ganas de escribir sobre Van Gogh, y sin duda lo haré el día que me sienta preparado; por el momento, contaré sobre él, o mejor dicho, sobre nosotros, algunas cosas oportunas para disipar un error que ha circulado en determinados ambientes.

El azar, probablemente, quiso que durante mi existencia varios hombres que me frecuentaron o que discutieron conmigo se volvieran locos. Los hermanos Van Gogh son dos de ellos, y algunos con mala intención, y otros ingenuamente, me han atribuido su locura. Ciertamente, hay quienes pueden tener más o menos ascendiente sobre sus amigos, pero de ahí a provocar la locura hay un abismo. Mucho tiempo después de la catástrofe, Vincent me escribió desde el sanatorio en que cuidaban de él. Me decía: «Qué afortunado eres de estar en París. Allíes dondeseencuentran todavía laseminencias, y sin duda tendrías que consultar a un especialista para que te cure de la locura. ¿Acaso no estamos todos locos?». Era un buen consejo, y quizá por eso no lo seguí, por llevar la contraria.

En aquella época me encontraba trabajando en PontAven, en Bretaña, y ya fuera porque los estudios que había iniciado me ataban a aquel lugar o porque, por un vago instinto, preveía algo anormal, me resistí durante mucho tiempo, hasta el día en que, vencido por los sinceros arrebatos amistosos de Vincent, me puse en camino.

Llegué a Arlés al final de la noche y esperé a que amaneciera en un café nocturno. El patrón me miró y exclamó:

«Usted es el compañero; le reconozco». Un retrato mío que yo había enviado a Vincent basta para explicar la exclamación del patrón. Vincent se lo había mostrado y le había dicho que era un compañero que iba a venir próximamente.

Ni demasiado pronto ni demasiado tarde, fui a despertar a Vincent. La jornada se dedicó a mi instalación, a charlar mucho y a dar paseos para que yo pudiera admirar la belleza de Arlés y de sus arlesianas, que, dicho sea entre paréntesis, no llegaron a entusiasmarme.

Al día siguiente ya nos pusimos a trabajar; él seguía con lo que estaba y yo comencé algo nuevo. 

Pasé, pues, algunas semanas antes de captar claramente el sabor áspero de Arlés y sus alrededores. Ello no impidió que trabajáramos duro, sobre todo Vincent, pero entre dos seres como él y yo, uno todo un volcán, y el otro siempre hirviendo también, estaba preparándose interiormente una especie de lucha.

Para empezar, yo encontraba en todo y por todas partes un desorden que me resultaba chocante. La caja de pinturas apenas podía contener todos aquellos tubos apretados, siempre abiertos, y, a pesar de todo aquel desorden, de todo aquel desastre, una totalidad resplandecía en la tela; y también en sus palabras. Daudet, Goncourt y la Biblia hacían arder aquel cerebro de holandés. En Arlés, los muelles, los puentes y los barcos, todo el Midi se convertía para él en Holanda. Hasta se olvidaba de escribir en holandés y, como ha podido verse por la publicación de las cartas a su hermano, no escribía más que en francés, y lo hacía admirablemente, con un sinfín de «mientras que» y «en cuanto a».

A pesar de todos mis esfuerzos por desentrañar en aquel cerebro desordenado una razón lógica en sus opiniones críticas, no pude explicarme todo lo que de contradictorio había entre su pintura y sus opiniones. Así, por ejemplo, sentía una admiración ilimitada por Meissonier y un odio profundo por Ingres.

Degas le resultaba desesperante y Cézanne no era más que un cuentista. En cambio, pensar en Monticelli le hacía llorar.

Una cosa que lo encolerizaba era verse obligado a reconocer en mí una gran inteligencia, pese a mi frente demasiado estrecha, signo cierto de imbecilidad. Y en medio de todo esto, una gran ternura o, más bien, un altruismo de evangelio. Desde el primer mes vi cómo nuestras finanzas en común adquirían el mismo aire de desorden. ¿Qué hacer? La situación era delicada, porque la caja la llenaba modestamente su hermano, empleado de la casa Goupil; y por mi parte, contribuía mediante el trueque de cuadros. Era necesario hablar de ello, aun a riesgo de chocar con una gran susceptibilidad. Así que abordé el problema tomando muchas precauciones y con una actitud cariñosa poco compatible con mi carácter.

Debo confesar que conseguí lo que quería mucho más fácilmente de lo que esperaba. En una caja dispusimos un tanto para paseos nocturnos e higiénicos y otro tanto para el tabaco, e igualmente también una parte para gastos imprevistos, incluido el alquiler.

Y además, un pedazo de papel y un lápiz para anotar honestamente lo que cada uno tomara de la caja. El resto del dinero estaba en otra caja, dividido en cuatro partes, para el gasto semanal en comida. Nuestro pequeño restaurante quedó suprimido, y, con ayuda de un hornillo, yo cocinaba, mientras que Vincent se ocupaba de las provisiones, sin alejarse mucho de la casa. Una vez, sin embargo, Vincent quiso hacer una sopa, pero no sé qué mezclas haría -sin duda como con los colores en sus cuadros- que no pudimos comérnosla. Y mi Vincent se puso a reír y exclamó: «¡Tarascón! La gorra para el viejo Daudet». En la pared, con tiza, escribió:

Soy el Espíritu Santo.
Soy de espíritu sano.

¿Cuánto tiempo permanecimos juntos? No sabría decirlo, porque lo he olvidado por completo. A pesar de la rapidez con que llegó la catástrofe, a pesar de la fiebre de trabajo que se había apoderado de mí, todo ese tiempo me pareció un siglo.

Sin que el público pudiera sospecharlo, dos hombres hicieron allí un trabajo colosal, de utilidad para ambos. ¿Y quizá para otros también? Algunas cosas dan sus frutos. Cuando llegué a Arlés, Vincent estaba metido de lleno en la escuela neoimpresionista y se atascaba considerablemente, cosa que le hacía sufrir; no porque esa escuela, como todas las escuelas, fuera mala, sino porque no correspondía a su naturaleza, tan poco paciente y tan independiente.

Con todos sus amarillos sobre violeta, todo ese trabajo de colores complementarios, trabajo desordenado por su parte, sólo conseguía suaves armonías incompletas y monótonas; faltaba en ellas el son del clarín.

Acometí la tarea de instruirlo, lo cual fue fácil, porque encontré un terreno rico y fecundo. Como todas las naturalezas originales y marcadas con el sello de la personalidad, Vincent no sentía ningún temor ante el prójimo y no era testarudo.

Desde aquel día, mi Van Gogh hizo progresos asombrosos; parecía entrever todo lo que había en él, y de ahí toda aquella serie de soles sobre soles, a pleno sol. ¿Han visto ustedes el retrato del poeta? El rostro y los cabellos amarillos de cromo número 1. El vestido amarillo de cromo número 2. La corbata amarilla de cromo número 3 con una pizca de esmeralda, verde esmeralda, sobre un fondo amarillo de cromo número 4. Es lo que me decía un pintor italiano, y añadía: «Merda, merda, todo es amarillo; ya no sé qué es la pinture.


Sería ocioso entrar aquí en detalles técnicos. Sólo quería informarles de que Van Gogh, sin perder ni un ápice de su originalidad, extrajo de mí una enseñanza fecunda. Y cada día me estaba agradecido por ello. Esto es lo que quiere decir cuando le escribe al señor Aurier que le debe mucho a Paul Gauguin.

Cuando llegué a Arlés, Vincent se buscaba a sí mismo, mientras que yo, mucho más viejo, era un hombre hecho. A Vincent le debo, además de la conciencia de haberle sido útil, la consolidación de mis ideas pictóricas anteriores, y luego, en los momentos difíciles, el poder acordarme de que existe alguien más desgraciado que uno mismo. Cuando leo que «el dibujo de Gauguin recuerda un poco al de Van Gogh», me sonrío.

En la última etapa de mi estancia, Vincent se volvió excesivamente brusco y ruidoso, y después silencioso. Algunas noches sorprendí a Vincent levantado y acercándose a mi cama. ¿A qué puedo atribuir que me despertara justo en ese momento? De todos modos, bastaba con decirle muy seriamente: «¿Qué te pasa, Vincent?», para que, sin abrir la boca, se volviera a la cama y siguiera durmiendo como un tronco. Se me ocurrió la idea de retratarlo mientras pintaba aquella naturaleza muerta que tanto le gustaba, los girasoles. Una vez terminado el retrato, me dijo: «Soy yo, ciertamente, pero yo tras haberme vuelto loco».



Vincent no hace más que criticar todo lo que hace, le señala los defectos de todos sus cuadros y no lo deja pintar en paz. A veces se pone violento, otras se encierra en sí mismo, otros días chilla y berrea como un niño.



Debió de pasar bastante tiempo hasta que consiguió detener la hemorragia, ya que al día siguiente numerosas toallas mojadas cubrían el suelo de las dos habitaciones de la planta baja. La sangre había manchado las dos habitaciones y la escalera que conducía a nuestro dormitorio.



Van Gogh y Gauguin - 1887


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Recuerde leer todo sobre Van Gogh aquí en mi blog Gracias. Cynthia 

Su vida
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Sus mujeres

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Sus pinturas

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Sus frases

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Su amigo Paul Gauguin
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Sus cartas

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Millet y Van Gogh
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